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Experiencias / 16 agosto, 2015 / No Comments /

Se muere. Eso fue lo que pensé al escuchar “¡menudo tumor!” y sobre todo me impresionó el abrazo que le dio. Yo había creído que era algo sin importancia, le sangraba alguna vez la boca y tenía una encía inflamada, pero sólo eso. Estaba contento, seguía corriendo y jugando como siempre, dormía bien. Siempre he sido de las que han considerado que rendirse no es la opción, que hasta en los peores momentos, hay que sacar la fuerza de donde no la haya para afrontar cualquier cosa que venga, pero para esto no estaba preparada. Busqué su mirada, mientras mis ojos iban empañándose por las lágrimas pero no iba a llorar, aún no, ¿y por qué aún no?  ¿es que habrá que llorar después? ¡ya basta! deja de perderte en palabras, me dije a mi misma y pregunté ¿es grave? y me di cuenta que sí, cuando la devolví a la tierra, cuando se dio cuenta que se le habían escapado las palabras malditas “¡menudo tumor” y ahora llegaban las palabras de consuelo, los “bueno, es muy grande, pero igual es benigno” “No te puedo decir nada hasta que no tengamos una biopsia”

Algo dentro de mi, me decía preocúpate, porque esto se llevará a tu compañero de vida. Pero yo misma me decía no, no se lo llevará. Concentración máxima en ¿Qué podemos hacer? ¿qué esperanza de vida tiene? ¿cuales son los pasos a seguir?

Había que intervenir, y claro está con carácter de urgencia, cada minuto cuenta. ¡Que difícil es tomar decisiones! ¿por qué tengo que decidir? ¿y si me equivoco? pero…. vamos adelante, siempre que me digas que merece la pena, que no se morirá dentro de tres meses cuando aún no le hayan ni curado los puntos…

Cuando acabaron la intervención, yo era plenamente consciente que nos esperaba un arduo camino, había que reaprender a comer, a beber y algo que aún no sabía, a respirar.

Su gesto asustado de ¿qué me ha pasado? me rompía el corazón pero su fuerza para saludarme, para mostrarme su mejor gesto, servían para darme ánimo. Le habían extirpado la mandíbula superior,  él tenía suturas por todas partes, yo mucho miedo. Una infección, que no pudiese comer, como darle los medicamentos, cualquier cosa podría llevarse todas las esperanzas y darnos a cambio la peor evolución.

Los primeros días fueron un constante ir y venir, curas, paciencia, cariño, caricias y miedo. No podía comer, ni puré, ni caldos y cada vez estaba más delgado. Mira que si después de todo, no conseguíamos lo que más fácil parecía al principio, que se alimentase… pero a pesar de tener su mandíbula llena de suturas  tenía fuerza para intentar beber, cuando lo hacía estornudaba y con cada estornudo veíamos como se iban abriendo las suturas, sin paladar y sin mandíbula, había poco espacio para coser…era un trabajo para bordadoras más que para cirujanas…

Los días hasta el resultado de la biopsia fueron largos, muy largos, era como si una constante se hubiese grabado a fuego en mi pensamiento y sólo me permitiese darle vueltas siempre al mismo tema, según fuesen las noticias de, “hoy tiene la herida más cerrada” “No estornudes por lo que más quieras” mis pensamientos saltaban a un lado o a otro de lo superamos a no llega a navidad y era agosto, agosto de 2014.

Hoy, también es agosto, pero de 2015, aún tengo a mi lado a mi compañero, soy consciente que no le queda mucho tiempo, pero eso es otra historia.


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